dependencia emocional
Autor: Iu Eydan
Autor: Iu Eydan

A veces me olvido de mi

Este título me vino inspirado en una frase que dijo en sesión una persona a la que acompaño en su proceso. Me quedé impactado y en seguida le dije que eso era un buen título para desarrollar tanto en la terapia como en forma de artículo para compartirlo con el mundo.

Estas palabras me hicieron reflexionar mucho.

He escuchado infinidad de veces a personas diciendo que no saben lo que quieren, que no saben lo que les gusta, que no saben lo que les hace sonreír ni disfrutar.

Hay varios factores que acaban en esta consecuencia. Algunos de ellos son:

Complacer al otro

En este modo de hacer es habitual pensar que después de tener en cuenta al otro y satisfacer sus necesidades nos sentiremos lo suficientemente bien o tendremos derecho a ser vistos, aceptados y/o tenidos en cuenta. Es como tener interiorizado un mensaje de no ser suficientemente bueno/a y que, para serlo, hay que complacer a los demás. De esta manera nos olvidamos de nosotros mismos asumiendo que las necesidades del otro son más importantes que las propias, pensando así primero en los demás y dejando nuestros deseos y necesidades en segundo, último o en ningún lugar. Esto puede conllevar a:

Caer en dependencia emocional 

Basamos nuestro bienestar en agradar o complacer a los demás. En este caso, si consigo que el otro se sienta bien yo también lo estaré, y si no lo hago el otro estará mal y por lo tanto yo también estaré mal.

Pérdida de la propia identidad 

Ya que si nos olvidamos de nosotros mismos y actuamos para el bienestar ajeno, caemos en el peligro de identificar nuestras propias necesidades con las de los demás.

Sentimientos de tristeza y soledad

Ya que no se nos ve a nosotros, por ser nosotros quienes vemos y tenemos en cuenta a los demás. Si esto se prolonga puede dar lugar a fuertes depresiones.

Para salir de este modo de hacer podemos dedicarnos tiempo para nosotros mismos, hacernos un regalo, aceptar que es natural no caer bien a todo el mundo, no hacer más lo que no nos gusta o apetece a pesar de que nos inviten a ello, etc.

El estrés diario 

El estrés diario puede hacer que estemos tan centrados en las responsabilidades del día a día que nos olvidamos de mirar hacia nosotros mismos. Vamos tan de prisa que todo son tareas y tareas que tenemos que No queda apenas tiempo libre para uno mismo y, si lo hay, lo empleamos en adelantar alguna responsabilidad más. Con este ritmo día a día, cuando llega el fin de semana o el momento oportuno para dedicárselo a uno mismo, quedamos completamente agotados, sin ganas ni fuerzas para hacer nada, y quizá sólo queremos descansar para que al día siguiente volvamos a tener la energía que requiere ese “date prisa” que tanto nos ocupa. Ir deprisa conlleva que cometamos más fallos, con lo cual perdemos aún más tiempo, lo que a su vez hace que vayamos más deprisa aún.

Puede ayudarnos en este punto el hecho de detenernos y pensar, o de tomar el tiempo que necesitemos para hacer las cosas y para disfrutar del momento presente.

En agradecimiento a Laura N. M.

 

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